• " Tiempo histórico frente a tiempo literario / espacios reales y espacios míticos "


Una de las ventajas que tiene la literatura con respecto a la realidad (quizás por este motivo, nos parezca más estimulante y convincente) es
su capacidad para alterar y manipular la materia prima con la que trabaja. Precisamente para hacer la realidad más cercana (más verosímil) la ficción modela hechos históricos que sin esta intervención nos parecerían un tanto farragosos o un tanto aburridos. De la misma manera que Cervantes recrea La Mancha como territorio mítico, para poder conducir a su antojo (y al nuestro, como lectores) a un Don Quijote que sin esta alquimia sólo sería un Quijano más, o como Homero en los primeros relatos épicos, Caritón de Afrodisias reproduce en su Quéreas y Calírroe, un tiempo que ya ha sucedido, unos héroes que ya habían dejado de serlo.

El autor de la novela, nacido en Afrodisias entre el siglo primero y segundo después de Cristo, traslada su narración al siglo V a.C (no es casual que desde la primera presentación nos proporcione este dato cronológico) cuando se produce la victoria de Siracusa contra los primeros ataques atenienses. En ese preciso instante y a través de esa distancia, el autor consigue apoderarse del tiempo de la novela, hacerlo suyo. Por eso, porque no tiene que dar cuentas históricas y rigurosas de lo que pasó en realidad, puede a partir de ahora usar lo que le interesa y escamotear lo que estorba en su historia.
El autor podría habernos contado fielmente (no tenemos nada en contra de la historia, pero aquí tratamos otra cosa) esas primeras victorias de Siracusa, pero entonces estaría obligado a continuar con la dichosa verdad y tendría que contar también la invasión de los cartagineses, seguir con las sucesivas incursiones atenieneses...etc; habríamos aprendido algo de historia pero nada sabríamos de nuestros protagonistas Quéreas y Calírroe: Caritón de Afrodisias se habría convertido en Herodoto y esa sería otra forma de engaño.

Descubramos ahora cuáles son las reglas del juego. Para que el artefacto literario funcione, su maquinaria debe girar en torno a dos ejes: el espacio y tiempo. Según los teóricos románticos, especialmente Winckelmann y Lessing, el meollo del arte clásico consistía en la capacidad de, partiendo de uno de los dos planos, ser capaz de representar el otro o viceversa; en el caso de la escultura, el creador es capaz de expresar una secuencia cronológico en virtud de una manifestación fuera del tiempo: Lessing pone como ejemplo el Laocoonte para hablar sobre esa quietud que nos evoca y anticipa el movimiento; en el caso de la literatura,las armas son distintas. Así el poeta dispone de la representación de los hechos en el tiempo pero echa en falta el ámbito físico donde se producen: sólo habría que volver a las páginas de la Iliada para comprobar como la maestría de Homero ha creado en la sucesión de cantos y de batallas ese lugar mágico entre dos espejos.

Sería imperdonable que tratando el mundo clásico, nos olvidáramos de uno de los elementos esenciales (sin él, todo lo advertido se desmoronaría estrepitosamente) de esta ecuación maravillosa: hablamos del mito; echando mano de la etimología (relato, cuento), comprendemos la importancia del bendito hallazgo.
Cuando hablábamos anteriormente, de los sucesos de la historia, hemos pasado de puntillas sobre el tema. ¿Qué sucesos y qué historia contamos? Si reparamos en la pregunta, ya nos damos cuenta de que para contar algo, lo que sea, la más pura realidad o el más delirante de los sueños, hemos de ordenar antes los elementos de nuestro cuento. Esa ordenación constituirá la primera manipulación y sólo será la primera. Cuando Homero sitúa su relato (cuando lo empieza a contar) en el final de la guerra de Troya, sabe que sólo tendrá que contarnos ese instante, para que podamos imaginar esos anteriores nueve años de guerra; cuando por el contario acerca su zoom del tiempo, si se me permite la expresión, para detallar minuciosamente un combate entre dos héroes, también sabe, que a partir de ese modelo único, sabremos recrear cualquier disputa que se omita.
Uno de los grandes recursos utilizados para ordenar la realidad y su mundo, para vehicular el mito, es el viaje. El creador clásico encuentra, de esta manera, un río que por sí solo ordena las aventuras de los héroes. Al menos encontramos tres actos evidentes en esta estructura, la partida, donde el autor puede contar los motivos por los que el personaje tiene (a veces, como en el caso de nuestra novela, le obligan) que emprender su marcha; el cauce del río o las aventuras que los personajes protagonizan durante esa derrota; y la desembocadura o en la analogía literaria, el regreso de los protagonistas (en la tradición clásica todo viaje es circular) al lugar de donde han partido. De esta manera, el autor se asegura una estructura narrativa donde él y sus héroes, pueden encontrar un esquema reconocible y en el cual, el lector reconocerá sus relatos. El autor descubre el pretexto perfecto para lanzar a sus personajes al mundo, para que sean ellos, sus aventuras y desdichas, sus hallazgos y desencuentros, los que cuenten su historia.

Algo parecido ocurre con los personajes de los relatos. El poeta modela sus personajes para que, siendo de su tiempo, sepan vivir fuera de él. Aquiles o Quéreas son señoritos de buena familia, un tanto chulo el uno y un poco pánfilo el otro, pero sobre todo son el héroe orgulloso y desafiante (que todos hemos sido o deberíamos, en algún momento) y el enamorado aventurero y patoso (que éste sí, sin duda hemos sido todos). Como dice el crítico Georges Steiner, todos los grandes personajes del arte son mitad espejo y mitad sueño. Si estos personajes siguen deciéndonos algo es porque cumplen estas dos partes del trato.

Para finalizar y por comprobar los efectos de toda la tramoya, nos queda hablar un rato del símbolo y la alegoría. El poso de estos símbolos,
que ha ido asentándose en nosotros durante siglos es tan grande, que parece imposible ser sensato y no ir rememorando, mientras vives y en empatía con tus actos, aquella escena sublime, aquél otro discurso torpe...Por algo que dijera otro de estos calígrafos del sueño, el escritor francés Marcel Proust, que sólo entendemos lo que se dice en metáfora, precisamente por esto y porque Quéreas y Calírroe no han existido nunca (ahora sabemos que es la única posibilidad de existir siempre) o no al menos como los hemos conocido nosotros, trasunto de un par de enamorados, el autor puede depositar en ellos (hacerlos merecedores, en suma) de toda la carga mitológica heredada del mundo clásico; lo que pudo ser algún incoveniente en la siempre complicada historia de una pareja, se convierte mediante el sortilegio de la literatura,el poder ilimitado de la verdad de las mentiras, en una odisea que transportada en la máquina del tiempo de la lectura, alcanza nuestros días.

Una vez firmado el pacto mágico que nos propone el autor, cuando Calírroe cruza el famoso Eufrates, en una de las escenas más conmovedoras de la novela, el lector sabe (se reconoce) que nuestra protagonista, de la que ya nos hemos enamorado un poco, no se enfrenta ante un simple escollo geográfico, sino que se encuentra entre un limes que divide mundos.
Cuando un poco más tarde los enamorados vuelven a su Siracusa natal y la narración termina, no podemos dejar de pensar en Ítaca, anhelo simbólico donde se cierran las aventuras de los héroes. El libro acaba aquí porque el resto ya no interesa: cuando un Ulises alcanza su Ítaca acaba sentado con Penélope en el sofá haciendo zapping, como diría un Kavafis posmoderno; a partir de ahí, ahora ya lo sabemos, y esto también nos lo enseñó otro acróbata que cayó del otro lado del espejo, lo demás es silencio.