CAPITULO X acabado

Así pues llego el día tan esperado por ambos, el retorno a la isla de Paulina y Amaranto que conllevó cambios en la vida de los dos, esos cambios que ellos mismos sabían que ya habían sufrido. A pesar de su unión y su amor en origen, los sentimientos habían sido perturbados. La aventura, el dolor, la lucha y la separación que pensaban que serían signos de que todos los percances vividos unirían definitivamente a la pareja, la realidad fue, que los llevaron a separarse más. La pareja no parecía estar unida, ni atada, sino que ellos mismos tenían dudas en su interior sobre el amor. Paulina, en el fondo, aunque su última estancia en Kassos había sido placentera y llena de emociones y amabilidades por las personas que la rodeaban, se había sentido humillada y dolorida, sobre todo con respecto a Amaranto, que aunque ella nunca lo expresaba con palabras, le hacía responsable de su dolor pasado, de su rapto y de las huellas del infierno vivido pero no olvidado, porque esa era la razón que había provocado que su corazón estuviera mal herido respecto a Amaranto.
Cuando se acercaban a la isla, pescadores distraídos con sus pensamientos divisaron de lejos el barco que se acercaba y extrañados ante el nuevo acontecimiento, corrieron a todas las casa del pueblo para comunicarles tal hallazgo. Así fue como les comunicaron a Berenice y a la anciana Hebe, que se acercaba un barco imposible de identificar, y cierto era que no sabían muy bien si se trataba de enemigos piratas o por el contrario eran personas bien avenidas y adineradas.
Berenice y Hebe, se acercaron a la playa y comprobaron que los que se acercaban eran la pareja ya distanciada de ellos por el espacio pero reconocidos y estimados por mucho tiempo.
Al bajar del barco, comprobaron sus caras cansadas, pero Berenice al acercarse a Amaranto sintió sin poderlo remediar que su cara se ruborizaba y sentía escalofríos en el interior de su cuerpo. Intentando no demostrar su inquietud, se acercó a la pareja y los acompañó a la casa, conversaron y las parejas contaron todas sus hazañas. La anciana no podía salir de su asombro ante todas las aventuras y percances que habían tendido que sufrir la pareja, de hecho habían vivido mucho más que una aventura, para Paulina había llegado a ser una tortura.
Después de conversar durante largo rato y cuando el sol desapareció entre las estrellas, volvió Anastasio del cuidado del rebaño y fue una gran sorpresa cuando descubrió que habían vuelto su amigo Amaranto y Paulina después de tanto tiempo. Al entrar, su reacción fue diferente a otros días, ya que sintió un nuevo aliciente y estímulo al llegar a casa.
Ante la actitud de Berenice con Anastasio, los recién llegados se extrañaron por la falta de estima entre ambos, y decidieron descubrir el motivo de su distancia e intentaron volver a unir a la pareja, aunque sin saber en un primer momento como llegarían a unirlos.
Amaranto, aún herido por sus aventuras, se quedaba en casa junto a Berenice y la anciana, hasta que recuperara su fortaleza todavía algo debilitada. Berenice decidió animar y ayudar a Amaranto a que su estancia en la casa fuera lo más llevadera posible ya que recordaba tiempos pasados en que ambos habían sentido una extraña sensación al estar cerca, y ese era el mayor motivo de su distanciamiento con Anastasio, ya que con él, no había llegado a sentir nunca lo que había sentido esos días por Amaranto. Los días para ella, empezaban a ser más cortos y las noches más largas, en espera de ver el sol resplandecer y poder estar junto Amaranto como una salvadora para su compañero, una mano amiga que se preocupaba por sus heridas y que sabía de la gravedad de sus heridas interiores, mucho más profundas que los vendajes del brazo.
Mientras, Anastasio seguía acompañado de su rebaño, menos agotado porque ya no se sentía tan comprimido ni tan ahogado, y ya podía respirar cuando volvía a su hogar, no era atacado por Berenice y la anciana, que habían dejado de un lado las armas y la lucha por la bienvenida de los amigos y en el fondo parecía que por fin habían terminado con sus disputas.
En cuanto a Paulina, en sus primeros días de estar en la casa, dialogaba con Berenice y Hebe e intentaba ayudar en lo posible en las tareas de la casa, pero, poco a poco, la rutina y el estar tan pendiente de Amaranto, la iba ahogando lentamente, por lo que decidió que después de estar tres días en la casa, necesitaba salir y respirar aire, y así poder sentir la vida que poco a poco parecía que estuviera perdiendo.
Pobre anciana, que pensaba que todo estaba en orden, que nada podía romper el equilibrio que ella creía necesario para alargar su vida, que a veces era más corta, porque ella misma estaba comprobando que era una vida tan poco llevadera la que habían tenido los tres juntos, una vida casi sin palabras y odio entre ellos que se acompañaban porque los Dioses querían.
Ella reclamaba a Afrodita cuál era el mal que había hecho para no poder vivir una vida placentera y llena de alegría, porque ella había seguido sus órdenes sin rechistar y no entendía porque los dioses no la ayudaban cuando ella tanto lo necesitaba.
Pero Hebe sabía que Afrodita ya no quería saber nada de ella porque era una anciana sin escrúpulos, dirigida por sus intereses y su egoísmo, y que en realidad nadie le importaba, porque sólo era su propia persona la que realmente le interesaba.
La anciana preocupada por la vida que le envolvía, recapacitó y se dio cuenta que la única solución que había ante la situación era provocar un intercambio de parejas, puesto que parecía nacer mayor complicidad cuando las parejas estaban con sus amigos, y eso podría llevar a una nueva tranquilidad en el hogar. Era la única manera en que los Dioses ya no estarían en su contra y la revalorizarían, como una semidiosa, porque gracias a ella el amor verdadero había llegado a esa casa y a esas personas por sus acciones y su valentía.
Es por ese motivo, que la anciana empezó a incitar a Paulina a que saliera más de la casa y que también, de paso, acompañara en los largos días a Anastasio.

La anciana memorable permaneció callada recordando aquellos amaneceres donde le pedía a su antepasada, que le volviera a contar de nuevo la historia de aquellos valientes enamorados, que encontraron el amor al final de una gran aventura. Siempre quería volver a sentir el odio que le infundía la misteriosa anciana Hebe, pero a la vez el entusiasmo que le recorría el cuerpo, mientras imaginaba que la anciana era la única que sabía cómo iba a terminar, ese final. Su mano derecha había llegado a la altura de su cara y se la acariciaba como muy bien, hacia su antepasada cada vez que llegaba a esta parte de la historia. Recordaba cada palabra, cada susurro y sobre todo esa llama de intensidad en su voz, y en su mirada… Un susurro, que hace años había logrado dejarla sin dormir durante días enteros por querer saber más sobre este magnífico relato.
Pero sonriéndole a aquella niña pequeña que la miraba con admiración, prosiguió con tal relato entristecida de que ya llegara a su fin.

- ¡Pobrecito Anastasio!- le reclamaba la anciana- ¿Has visto qué agotado viene todos los días? Está tan solo y todo el trabajo que sufre cada día... El sol le quema cuando la primavera acaba en sus días, y cuando empieza a desaparecer, es la lluvia y el frío el que le hace más vulnerable y no tiene a nadie que le acompaña en su sufrimiento diario, no tiene una voz que le cante a sus oídos ya que todo lo que tiene es ese sufrimiento por ayudarnos. Y aquí estamos nosotras que mientras nos sentamos en la casa acurrucadas sin sentir ni frío ni calor, teniendo toda la comida que queremos y encima no hay quien le eche una mano a nuestro Anastasio, que sufre tanto dolor y no reclama nada a nadie en su triste lejanía.

Era un día como otro cualquiera, cuando Paulina al abrir sus ojos al amanecer, distante en la casa de todo su entorno y animada sin motivo alguno, decidió salir de la casa y recobrar el aliento que estaba necesitando respirar, lejos del hogar que, ella misma en los últimos años había comprobado, había sido su prisión, estrecha y pequeña, con la anciana que en estos momentos la animaba para que cambiara el rumbo en su vida. Paseando por el largo camino sin saber por cual se dirigía, sin rumbo alguno en busca de algo que ella misma no sabía. A lo lejos, observó a Anastasio que controlaba a su rebaño sin perder de vista lo que había observado durante tanto tiempo en los últimos años. Pero fue en el momento en que Paulina se iba acercando cuando Anastasio desvió su mirada hacia otro lugar que en esos momentos para él era el camino que tanto había buscado sin nunca saber cual tenía que escoger.
Un camino que a veces era el equivocado, pero fue el sol que alumbraba a Paulina el que le dio la señal de hacia dónde se debía dirigir y en esos momentos, el mundo dejó de existir, su rebaño eran figuras inmóviles que no le preocupaban, porque ya sabía adónde se tenía que encaminar, vivir y soñar.
Anduvo unos pasos hacia ella sin poder dejar de observarla pues su pelo era como el mar, tranquilo, como la brisa de unas olas que descansaban sobre su cabeza que envolvía a la mismísima belleza, belleza pura y angelical, que se acercaba hacia él, que casi no podía susurrar una palabra. Enojado consigo mismo por lo que estaba sintiendo, sintió odio hacia ella, porque no entendía cómo le podía hacer sufrir y provocar el sentimiento despertado ya que hacía tiempo que no sentía lo que era el amor hacia la vida y menos hacia la belleza de lo sublime, de lo que encanta, de lo que no te deja vivir sino está cerca, como el aire que se necesita respirar y a veces se busca el aliento en otro lugar nunca encontrado.
Paulina se fue acercando hacia donde estaba él, pero no dijo ni una palabra, porque ya sus ojos estaban unidos como dos golondrinas que después de viajar huyendo del frío y después de mucho tiempo vuelven a buscar al otro en busca del calor enrojecido con su canto.
Fue el canto de una de las golondrinas la que anunció la pasión entre dos cuerpos que se iban acercando y Anastasio sintió, cuando la tuvo tan cerca, su corazón impulsado por la emoción, sintió un clavo ardiendo y que sus piernas tambaleaban fijas y clavadas a la tierra como la raíz de un árbol. Es en esos momentos, cuando los Dioses ante el triunfo del amor dejaron caer las lágrimas de Afrodita, dichosa ante el amor, que cayeron sobre sus cuerpos como finas gotas de una lluvia casi sin ser apreciada por los enamorados.
Paulina, con su fino vestido de seda pegado a su cuerpo como una flor envuelta en su aroma, se unía a Anastasio, mientras sus mentes no podían creer lo que estaba pasando y fue él quien, ante el aroma de Paulina, sintió el encanto, la magia y la pasión que le hacía volver a revivir y, entonces, le cogió su mano, suave y sedosa y la acercó a su corazón para que sintiera sus latidos como él mismo estaba sintiéndolos dentro de su alma. Sin dejar de mirarla, le tocó la cara y contempló una luz más brillante que la que desprenden juntas las luna y las estrellas y fue entonces, cuando bajó su mano y le quitó su vestido, vestido de una diosa tan bella que él no podía entender que fuera humana, porque nada se podía comparar con ella ni en un mundo cercano ni lejano.
Anastasio, sin camisa por el calor unió su cuerpo al de ella y sus labios se rozaron hasta llegar a unirse y sentir el verdadero deseo de dos cuerpos unidos con pasión y enamorados, porque no hay mejor unión de dos cuerpos que se aman que no entienden que es la vida, sino solo es comprensible cuando sus cuerpos están juntos y es cuando la pasión llegó a sus venas, a su sangre y recorrió todo sus cuerpos y descubrieron en esos momentos que ambos unidos eran ya sólo uno y que ya sus vidas tenían sentido por todo lo sufrido. Dejaron sus cuerpos caer, sobre el verde prado mientras la lluvia les recorría sus cuerpos y les despertaba aún más la pasión. El cuerpo de Anastasio ya desnudo también, pegado al de ella, fue descubriendo toda la vida de Paulina en su cuerpo dulce y sus pechos tan perfectos como todo su cuerpo, era como una rosa que se acaba de abrir y fue entonces, cuando ella abrió su cuerpo y su alma ante él. Ambos unidos llegaron al punto que nadie puede imaginar llegar a la vida, ni más allá de ella, porque es en esos momentos cuando no es posible saber si verdaderamente estás vivo o has descubierto el Hades y el infinito a veces tan deseado, ni los Dioses pueden dar mayor designio que la unión de Paulina y Anastasio con sus cuerpos completamente entregados.
Mientras transcurría la unión de Paulina y Anastasio, Berenice preparaba la comida para Amaranto y Hebe, pero Hebe ante las prisas por la unión de las parejas, decidió intervenir en la voluntad de Berenice, sin saber que en Berenice ya se había despertado sentimientos hacia Amaranto.
El fuego de la chimenea alumbraba el hogar y los tres comían en la mesa, unidos en una armonía que hasta ahora la anciana no había vivido. Amaranto y Berenice sonreían ante miradas que la anciana ya empezaba a comprobar que entre ellos se estaba despertando una amistad intensa.
La anciana, una vez que habían acabado y descansado después de un día atareado le reclamó a Berenice:
-Creo que Amaranto necesita más cuidado en sus heridas, porque le está costando recuperarse. Creo que deberías estar más tiempo con él, y curarle mejor sus heridas porque si no, su recuperación será lenta y no podrá participar ni en las tareas del hogar ni salir nunca a trabajar.
La anciana, después de su intento de celestina, se excusó diciendo que prefería irse a la habitación a descansar, al grito de:
- ¡Mis años no hay quien me los perdone!.
Berenice ante lo que le había dicho la anciana, le propuso a Amaranto curarle las heridas, y acercó a Amaranto unas vendas y un poco del ungüento que Paulina elaboró para tal fin. El se sentó dichoso ante la ayuda de Berenice, y sin ninguna queja esperó a que ella le curase sus heridas.
Berenice empezó con el brazo donde dispuso la venda apretada, para que el no tuviera ningún problema para desenvolverse en las pocas tareas que él hacía. Pero después Amaranto le dijo que su espalda era como una masa pesada, que le dolía y que no podía casi moverse, por todo el dolor que sobre su espalda se extendía.
Berenice ante las palabras de él, le propuso hacerle una cura en la espalda, para que sus músculos por lo menos se relajaran y su tensión disminuyera por lo menos en unos días.
- Por supuesto- dijo ella- si sigues con este dolor, puede ser que un día no puedas mover nada y ya no haya ningún remedio eficaz ni solución para poder luchar ni viajar y seguramente tu vida será triste y apagada, como hasta ahora ha sido.
Cuando ella resbaló sus manos por la espalda, Amaranto sintió que todo su cuerpo era como una balsa, se sentía como si estuviera subido a una nube sobre la que viajaba, feliz y contento y sus músculos eran como las cuerdas de un violonchelo que al tocarlas sonaban dulces notas que él mismo sentía.
Cerró sus ojos y fue entonces cuando en su mente le vino la imagen de Berenice, la que en esos momentos le estaba tocando en sus manos y sintió un alivio de su dolor que parecía que había desaparecido y que estaba revitalizando todo su cuerpo. Mientras ella continuaba, oía las notas del violonchelo, que tocaban a ritmo de las manos de Berenice, su Berenice, que tenía en su cabeza y a la vez sabía detrás de él. Fue entonces, cuando sin darse cuenta, por un impulso irreconocible en él se dio la vuelta y besó a Berenice apasionadamente.
Berenice le respondió el beso, emocionada ante la nueva situación y le correspondió motivada por un deseo que ella hacía tiempo que ya había empezado a descubrir desde la vuelta de Amaranto.
En esta unión, ambos comprobaron que ya el sentimiento había surgido, el sentimiento del amor que había ido apareciendo a lo largo de los días que habían estado juntos. Un sentimiento que surge a veces de forma casi repentina, pero que cuando se siente, si es verdadero, se sabe que es el duradero. Después del beso apasionado ambos se abrazaron dichosos de su nueva situación, del nuevo nacimiento de un amor que ellos mismos no esperaban.
Una vez abrazados, lloraron de alegría porque ya sabían que sus vidas eran lágrimas de felicidad y de una vida que ellos esperaban ser distinta a la que habían tenido, pero con el amor triunfante, ya nada les preocupaba, ni guerras, ni viajes, ni hogar, ni Diosas. Eran ellos dos y nada más los que llenarían sus vidas, en unos corazones grandes y llenos de amor y de gozo, en un hogar de una isla que para ellos hasta ahora no había tenido ni sentido ni significado, pero ahora sí que lo tenía.
Paulina y Anastasio volvieron a la casa con sus manos entrelazadas y gozosos de alegría, preocupados ante la nueva situación pero sin miedo de gritar su amor a los cuatro vientos, a la anciana y a sus compañeros.
Cuando entraron contaron lo que les había ocurrido sin esconder sus sentimientos porque para ellos era realmente verdadero. Amaranto y Berenice sorprendidos sonrieron, porque la nueva situación de ellos les facilitaba el poder contar su suceso.
Sus vidas cambiaron, como el rumbo de todas las vidas pueden cambiar, unas veces provocadas necesariamente y otras porque es el destino fijados por los Dioses quien dictaminan sus deseos aunque no sean el de los humanos.
Ellos no sabían quién había fijado sus destinos y no les preocupaba si los Dioses estaban conformes con sus nuevas decisiones. Pero ambas parejas, cogieron una rosa de color violeta y se la entregaron a Afrodita, la Diosa del amor y a partir de entonces, la Diosa de sus vidas.
Mientras, la anciana sonreía dichosa ante los nuevos acontecimientos, porque se habían cumplido sus deseos. Estaba convencida de que su vida se alargaría porque Afrodita estaba contenta ante el nacimiento verdadero del amor de las dos parejas. Pero Hebe no sabía, que a lo mejor el destino de las parejas no había nacido por su actuación ni por la de Afrodita, sino que simplemente había sido el triunfo del amor que había aparecido de repente en sus vidas.

Su mirada, perdida, aventuraba el fin de la historia que todos habían escuchados dichosos, en aquel bello prado de Afrodisias. El oráculo contemplaba a la anciana memorable mientras se acariciaba la mejilla, sabiendo que aún no estaba todo dicho. En esos momentos, la anciana memorable suspiró, y llenó el círculo con su alma familiar, su familia, su legado, su historia. Así fue como mirando ese amanecer que se acercaba con los primeros rayos del sol, con su voz suave y dulce concluyó la historia, con las palabras de amor que su antepasada le había narrado mientras terminaba su bella narración:
- “Te garantizo que habrán épocas difíciles y te garantizo que en algún momento, uno de los dos o los dos, querremos dejarlo todo, pero también te garantizo que si no le hubiera pedido que fuera mío me hubiera arrepentido durante el resto de mi vida, porque sabía en lo más profundo de mi ser que estaba hecho para mí”.
Dichas estas palabras, cerró los ojos y manteniendo esa sonrisa perfecta en su rostro, dejó caer su mano para siempre.

Texto: Begoña, Celeste
Modificaciones:Irene, Celeste, Jessica