De esta manera, se acomodó bien la anciana voluminosa para que todos los presentes pudieran oírla. Y como sabía que su relato le llevaría largo tiempo, se sentó para seguir relatando los hechos sin llegar a sentirse agotada por todo el cansancio que le supondría estar de pie relatando la historia. Así fue como, sorbiendo un poco de vino, fue empezando a narrar el regreso de Amaranto.

Amaranto regresó a la isla, y mientras agrupaba a un pequeño número de hombres para poder conseguir víveres, empezó a pensar el motivo de su travesía que hasta el momento no tenía rumbo concreto, pero sí un fin: la búsqueda de su amada. Después de días en alta mar, habiendo sobrevivido a la furia de los dioses y habiéndose enfrentado a numerosas tormentas, la embarcación en la que viajaban Amaranto y cuantos quisieron marchar con él para ayudarle en la búsqueda de la preciosa muchacha fue secuestrada por unos piratas y Amaranto fue separado de sus compañeros, vendido como esclavo y obligado a trabajar en una galera. Durante muchos años estuvo sometido a penurias; el joven vivía desesperado por llegar a ver la luz del sol. Pero después de largos viajes y de tantos intentos de escapar fracasados, hubo un buen día en que se produjo un largo y grave enfrentamiento en las aguas, con el trágico resultado que perecieron todos los tripulantes menos el desdichado aventurero, que se quedaba otra vez solo y desamparado. Con gran esfuerzo llegó el bello Amaranto hasta la orilla y se prometió a sí mismo seguir su gran deseo, el cual siempre había estado presente en su memoria: encontrar a su dulce amada.

Después de haber pasado tantas miserias, llegó a una ciudad que respondía al nombre de Saida. Durante su estancia en esta, creyó que la suerte se había puesto de su lado, que por fin había logrado reencontrarse con su bella y querida amada. Fue una de esas tardes, mientras daba un paseo por la ciudad, que observó a una mujer con los mismos rasgos físicos de Paulina. Amaranto, sin dudarlo un instante, corrió detrás de ella para cerciorarse que sus cansados ojos no mentían. Así fue que durante todo un día, que él sintió que era toda una vida: la persiguió, y se dio cuenta de que todo era producto de su imaginación, porque como había pensado en un principio, sus ojos deseaban ver que aquella joven era la mujer que él buscaba y habían conseguido engañarle.

Bien sabido era que el joven no había dejado de pensar ni un instante en Paulina, y por eso en un momento de desesperación, y al ver en la lejanía a un comandante corrió hacia él, para al fin y al cabo, pedir un poco de ayuda. Éste, al ver sus ropas raídas y su aspecto abatido, se apiadó de él, y le ofreció un trabajo en su barco. Amaranto empezó a creer que era mejor abandonar ese deseo de encontrarse con su amada para vivir esta vida que se le aventuraba, nueva. Después de unos días con el pensamiento de si marchar o quedarse en Saida, tomó la delicada decisión de embarcarse. Pero las aventuras de nuestro bello amigo le hicieron descubrir en esa travesía que la suya no era una embarcación corriente, sino que estaba manejada por piratas que mataban, violaban y asesinaban a toda clase de personas por unas cuantas monedas. Aunque la verdad era que a Amaranto sólo le interesaba una única cosa, encontrar a aquella que le hacía su vida mucho más llevadera, aquel aliento, aquel rostro que anhelaba, como si cada momento fuera distinto, volver a tenerla entre sus brazos y dejar de soñarlo como cada noche, porque sabía que ella era el amor de su vida.



Después de tal relato, la anciana voluminosa se levantó para estirar las piernas pues sabía que su narración no había hecho más que empezar y aún le quedaba un buen rato antes de volver a probar esa lujosa comida que la llamaba desde la parte trasera de su perspectiva. Así pues, dando un rodeo a las ancianas más viejas, prosiguió con su relato mientras veía las caras de sorpresa de todos los asistentes.

Todo comenzó una mañana, con el sol saliendo por el horizonte, mientras se asomaban sólo un par de nubes entristecidas por el continuo clamor del sol que las azotaba con sus rayos. En dicho barco se encontraban numerosos esclavos y esclavas, los cuales servían mucho más para el libertinaje de los piratas que para la servidumbre en sí. Cada día resultaba mucho más complicado que el anterior, ya que Amaranto, a pesar de haber sido aceptado como un tripulante más, acabó sirviendo junto con los esclavos como divertimento para los avaros de la mar.

Por eso todas las mañanas nuestro querido Amaranto observaba al mismo pirata cuyo nombre era Adelphos, quien le tenía en gran estima. Cierto era que a nuestro joven le extrañaba en gran medida el aprecio de este malvado personaje, ya que era bien sabido que los piratas no tenían ninguna misericordia con persona alguna. Pero entre ambos empezó a nacer una buena amistad. Así fue como Adelphos se convirtió en el paño de lágrimas de Amaranto, quien le contaba toda la odisea que había vivido en busca de su virginal amada. Adelphos, al conmoverse por su intenso relato, le propuso que lo mejor sería ir a las ciudades donde anclaban y así poder compartir su tan larga experiencia del amor en las grandes fiestas de las ciudades.

Pero un buen día la nave desembarcó por fin en la ciudad de Tiro, Adelphos manifestó entre la tripulación del antiguo y cruel capitán Níferos, que era uno de los mejores piratas de la época, que nuestro querido Amaranto les estaba intentando robar sus magníficos tesoros. A partir de este momento, comenzó una trifulca contra el joven. Los demás piratas, obedeciendo las ordenes de Níferos, lo capturaron, pero el bello Amaranto no podia llegar a pensar en esos momentos el motivo de su arresto.
Amaranto les decia:

-¡Yo no he intentado robar los tesoros de Níferos! ¡No me matéis! ¡No me matéis!


Después de todo el sufrimiento que tuvo que pasar nuestro querido amigo en aquella situación tan desagradable rodeado de piratas, ya no le importaba el horrendo frío que le entraba por todo el cuerpo mientras esperaba allí en los calabozos del barco, en unas condiciones pésimas. Pero como muy bien sabia, Amaranto ya había podido escapar anteriormente de las zarpas de los piratas y luchando con todas sus fuerzas podría conseguirlo. Así fue como el joven Amaranto se liberó de sus verdugos y una vez huyendo de los piratas, ya no le importaba el rumbo a tomar, solo escoger su mejor camino que a la vez era su gran deseo: el encontrarse con su amada Paulina y ser finalmente feliz.

No se podía negar que Amaranto estaba deseoso de encontrarse en los brazos de Paulina y por eso, como cada noche, la soñaba y les rogaba a los Dioses una única cosa: estar junto a ella. La conmoción de haber salido de aquellos piratas y la suerte que tuvo al poder liberarse, le ayudaron a tener muchas más fuerzas para poder aguantar. Y así, nadando sin rumbo y sin sentido con las escasas fuerzas de las que disponía y dejándose llevar por las violentas corrientes cuando el coraje le abandonaba, nuestro querido Amaranto llegó a una playa desconocida, Aadloun. Allí no pudo hacer otra cosa que tumbarse en la orilla del mar, para descansar de todo aquel fastuoso viaje de aventuras que le había ido llevando poco a poco a su frustración.
Al día siguiente, Amaranto se levantó con mucho cansancio y sucio, pero con un pensamiento que no paraba de rondarle por su cabeza: su amada Paulina. Entendía que su recuerdo era lo único isla y andando sin rumbo, encontró un pequeño refugio, o eso era lo que el creía, por haber visto mucho escombro y hojas. Pero para él, todo eso era suficiente como para pasar el día fuera de los peligros exteriores que podían acecharle en aquellas tierras desconocidas.
Pasadas unas horas, viendo que no hacía nada allí sentado, esperando algún milagro que lo ayudara, se alejó de aquel lecho de hojas y troncos en busca de comida, ya que desde su huída del barco, y con todo el cansancio de haber nadado hasta la isla aun no había probado bocado. Por eso, cuando Amaranto percibió lo que podía ser su primer aperitivo exclamó:

- ¡Oh! ¿Qué es lo que ven mis ojos? ¿Un jabalí?

Sí, esta vez su vista no le estaba traicionando porque lo que veía era un suculento y rico jabalí, pero como las técnicas de Amaranto (sobre todo aquello que tuviera que ver con la caza), estaban desentrenadas por tanto tiempo en el mar, y a pesar de las muchas ganas y deseos de comérselo, el jabalí terminó burlándole y salvando su vida, dejando al pobre Amaranto con la miel en los labios.

Sin nada que llevarse a su estómago, Amaranto siguió caminando sin rumbo, y empezó a investigar por la extraña selva de la isla. Primero se adentró a unos pequeños matorrales a la vera de la orilla y luego, poco a poco, fue descubriendo más árboles, de los cuales los ojos de nuestro querido Amaranto no eran capaces de alcanzar el fin, por más que levantase la vista. Había también una multitud de flores de las que se podía apreciar que cada una de ellas tenía un color distinto y que incluso cuando resplandecía el sol y sus rayos dorados las alcanzaban, los pétalos de aquellas lindas flores se veían de un nuevo color. Por eso, a nuestro náufrago le recordaban al brillo del arco iris mientras iba creciendo por los cielos, sin dejar que ningún ser humano poseyera su magnitud de colores. En cuanto al suelo, esponjoso y humedecido, hacía que los pies de Amaranto se hundiesen en el barro. Y mientras iba caminando por aquella extraña isla, recordó los días en que de niño imaginaba figuras en las rocas y empezó a ver en ellas figuras de niños, mujeres y hasta su propio reflejo.
Fascinado por lo que llegaba a contemplar otra vez, Amaranto exclamó:

- ¿Cómo podrían ser humanos, si son de pura roca?

En realidad, no llegaba a entender si era su gran imaginación que desde niño le acompañaba o aquella perfección de las rocas, pero no dejaba de contemplar tales figuras. Como iba avanzando, sin quedarse asombrado del todo por lo que acababa de presenciar, Amaranto vio a lo lejos que algo se movía. Un par de hojas de unos arbustos que se hallaban en el fondo no dejaban de estremecerse y, pensando que podía ser algo de comer, Amaranto se dirigió hasta allí.


- ¿Pero qué es eso?- gritó.

El arbusto no dejaba de moverse vertiginosamente mientras que él, poco a poco, se acercaba para ver de dónde provenía tal vibración. Cuando ya estaba metiendo sus manos para separar el montón de arbustos, alguien se le echó encima violentamente y se dio cuenta que había caído en la trampa de unos cuantos indígenas.
Al tiempo, Amaranto abrió los ojos y descubrió un mundo totalmente distinto al que había visto con anterioridad, un mundo ajeno a todo y lleno de nuevas sensaciones, de nuevas experiencias. Pero Amaranto observó que se encontraba preso, mientras sentía como sus manos y sus pies estaban atados a una especie de tronco de tres metros de altura, y que permanecía rodeado por todos los niños de la isla que no paraban de mirarlo. Estos niños estaban llenos de pendientes en sus caras, tan sensibles y tan dulces, semidesnudos; a Amaranto le provocaban una inmensa pena.

Alzó la cabeza y vio a una mujer, una mujer de una belleza increíble, pero no tanto como la de su amada Paulina; le agarró de la mano, y lo llevó delante del jefe, un señor de una piel oscura, lleno de suciedad y con solo un par de hojas como vestimenta que eran suficientes para taparle la vergüenza.
Amaranto no entendió nada de aquello que le estaban diciendo, por eso solo podía asentir con su cabeza cuando el jefe de la tribu dejaba de hablar. La mujer hermosa le acompañó de nuevo a la orilla y una vez allí, le ayudói a construir una barca. Empezaron a juntar troncos de aquellos árboles de tan inmensa altura, y cuando terminaron, le pareció que la bella mujer, después de todo el tiempo que habían pasado juntos, atraía su atención de una manera incalculable. Pero cierto era que Amaranto ante la mirada penetrante de la mujer, lo único que hacía era cerrar los ojos y vislumbraba a su querida amada Paulina. En cuanto hubieron pasado unos días y la barca estuvo totalmente lista para navegar, después de cerciorarse de que el sol estaba tan alto que le podía quemar la espaldas Amaranto decidió partir, pensando que el mar y la suerte le llevarían a otra aventura donde los dioses escucharían sus plegarías y suspiros, y le llevarían directo a su amada para poder, por fin, tenerla entre sus brazos. Y así pasó unos días nuestro querido Amaranto, navegando por aquel mar desconocido.

Texto: Vicente, Carmen I, Charo, Celeste, Carmen Juan Romero
Modificaciones: Irene, Celeste, Jessica