Y ahí estaba esa pequeña niña, soñolienta y entusiasmada, en el punto de mira de todas las presentes, pero sabiendo que le estaban ofreciendo poder cumplir un sueño… el sueño que todas las ancianas habían tenido cuando aún eran bonitas princesas de la ciudad. Su mirada se posó en aquella anciana, cuyo velo negro se ondulaba con la suave brisa del viento. La estaba observando atentamente con sus ojos penetrantes y fríos, y con aquel semblante de seriedad. Sabía que todas estaban esperando una respuesta, su respuesta.
Con un suave movimiento de cabeza de la anciana memorable se empezó a mover hacia el centro de la estancia. Miró a todas las presentes que estaban allí sentadas, esperando su inicio, mientras ella sabía que era un gran honor lo que le estaban ofreciendo aquella noche. Su mirada llego al cielo, y conjurando a los Dioses, mientras les pedía ayuda para que le influyera valor, siguió con el relato de sus antepasados.


Amaranto no pudo salvar a Paulina, ya que la primera oferta del mercader a los piratas superaba con creces lo que él podía ofrecer. Vio, impotente, como el fenicio se llevaba a la hermosa joven.
Blas cargó a su joven esclava y se dirigió a Tiro, cansado de las resistencias de la joven, de su mal comportamiento y sus intentos de huir, la vendió a unos piratas en el mismo puerto a cambio de poco más de lo que él mismo pagó por ella. Los piratas que compraron a la muchacha eran hermanos: el mayor de ellos la hizo su esclava, mientras que el otro, furioso por la avaricia de su hermano, decidió raptarla y escaparse con ella. No contó con que su hermano mayor iría en busca de la bella joven aún contra su propio hermano.
Al cabo de unos días, los familiares se encontraron en Acre y allí se produjo una pelea entre los hermanos, porque ambos querían conseguir a Paulina. Pero unos vecinos de Acre llegaron al lugar donde discutían y ayudaron a Paulina para que pudiera escapar.

La muchacha estaba atemorizada por si los piratas volvían a raptarla, así que pensó que lo mejor sería marcharse a Nahariya -una ciudad de Israel que está muy cerca de Acre- en busca de un templo para hacerse sacerdotisa, ya que le gustaba ofrecer sacrificios a los dioses y cuidar del templo y, quizá, así las divinidades se apiadaran de ella y le permitieran encontrar el camino de vuelta a su hogar. Además, así se mantendría a salvo. Cuando llegó a Nahariya, divisó un grupo de personas y se acercó para pedirles un poco de comida y algo para beber. Luego se aproximó a ella uno de los habitantes más ricos de la ciudad y le contó que había tenido un sueño en el que se le aparecía su madre diciéndole que debía dejar la vida que tenía y tener descendencia, y que su madre elegiría qué mujer es la adecuada para él. Le dijo que ella era la mujer perfecta, la que su madre le decía en sueños.

Le ofrecieron vestirla con lujosas sedas y oros, pero ella no sabía lo que estaba pasando, hasta que la sacerdotisa le explicó que había sido elegida para desposarse. Ella no podía creerse lo que estaba oyendo, y decidió no casarse con él. Así, se marchó sin saber a dónde ir y caminó hasta el desierto. La joven no sabía hacia dónde dirigirse ni qué hacer, tenía mucha hambre y mucha sed, estaba desolada por todo lo que le estaba ocurriendo, pero continuó andando hasta encontrar un cobijo donde poder pasar la noche. Se topó con un grupo de bereberes del Magreb, y dudó durante un instante: no sabía qué hacer, si unirse a ellos o no, pero no le quedaba otro remedio que hacerlo para poder sobrevivir.

Una mañana, Paulina se levantó temprano y vio que hacía un sol radiante, por lo que decidió salir a caminar. Al cabo de un rato, vio debajo de una palmera una piedra, pero no era una piedra cualquiera, porque nunca antes su vista había contemplado tanta belleza en una roca. Aquella piedra era preciosa, y según los bereberes que, era la piedra de la sabiduría, que podía utilizar para cualquier situación en la que se encontrara. Solamente debía apretarla fuerte y pensar en aquello que deseara, y marcaría su destino. Paulina estaba muy feliz al haber descubierto que era ella la única persona que la poseía. Estaba segura de que este hallazgo se debía a la protección de los dioses, que deseaban que pudiera encontrarse en un futuro con su familia y amado.
Paulina fue acogida por el grupo y con ellos permaneció el tiempo suficiente para que la quisieran bien y, junto con el hallazgo de la piedra mítica, para que la creyeran enviada de los Dioses y le enseñaran las técnicas sanadoras por las que la tribu se conocía más allá de los océanos. Para ella, era algo misterioso, pero que más adelante le podría hacer falta para cualquier acontecimiento inesperado.

Al unísono y sin tardar demasiado, encomendaron a la anciana Feisa a la joven. Al aceptarla como su discípula, la anciana le dijo:
-A partir de ahora deberás romper con tu pasado, bella extranjera: tu amor por las plantas y la salud de los seres humanos será tu prioridad.

La joven se lo agradeció enormemente, pero le explicó cuál era su mayor deseo: volver a ver a su amado, regresar a casa.

-Con el paso de los días te darás cuenta de que tu encuentro con nuestra tribu no ha sido casual -le dijo Feisa con una voz muy dulce -. Yo te enseñaré el arte de curar con plantas, y un día, sólo por ti misma, descubrirás tu verdadera misión.
Durante meses, maestra y discípula pasaron todo el tiempo juntas. Paulina avanzaba muy rápidamente en su aprendizaje, y pronto comenzó a emplear las plantas naturales como ungüento para calmar dolores y mejorar la salud de los seres humanos. Así, cuando los ancianos decidieron que la joven bella ya esta totalmente instruida, se reunieron y, bajo acuerdo, determinaron que debían festejar este acontecimiento y dejarla decidir si quería marcharse a cualquier otro lugar a aplicar todo lo aprendido. En el día señalado para la celebración todo el poblado se preparó concienzudamente para el festejo. Mataron diez cabritos, se vistieron con sus mejores galas, y dio comienzo la fiesta.
Feisa, siempre a su lado desde su llegada al grupo e inseparable maestra, le explicó:
-Hoy es tu gran día: vamos a ponerte los vestidos más bellos, y saldrás de la tienda a bailar. Todos estamos muy felices, ya que tú eres la nueva curandera de la tribu.
Después de vestirse salió de su tienda, como Feisa le había indicado que hiciera. Los jóvenes tocaban bellas melodías con las cítaras, y ella comienzó a bailar, mientras las mujeres tocaban las palmas y emitían extraños sonidos con la boca.Todos comieron hasta extasiarse y, finalizada la comida, los ancianos la hicieron llamar.
Abdallah, el hombre más anciano, habló primero:
-Paulina, tú eres para todos nosotros como una hija. Te hemos enseñado el arte de la medicina natural porque vimos en tí una capacidad innata, y hemos comprobado que has progresado de una forma abismal. Te agradecemos de corazón que hayas puesto tanto empeño en ello siendo extranjera.
Un segundo anciano tomó la palabra:
-Tu misión es la de transmitir, a través de tus conocimientos medicinales, paz y felicidad a los seres humanos, allí donde sea que te encuentres. Ahora que ya posees el saber necesario, debes partir a otro territorio y compartirlo con los demás.
-Te recuerdo -intervino Feisa, que había permanecido hasta entonces en silencio- que sólo tú debes buscar tu destino, sólo tú sabrás dónde debes pasar el resto de tu vida, pero eso sí, antes de llegar a ese punto, vivirás tribulaciones, si no fuera así, no serias la nueva embajadora de la tribu.
Paulina, emocionada al escuchar las palabras de las personas más sabias de la tribu que la acogió cuando necesitaba ayuda, les respondió:
- Estoy muy agradecida por todo lo que me habéis enseñado, pero quizá tarde un tiempo en decidir hacia dónde habré de dirigirme.No obstante, esa misma noche la joven tuvo un sueño en el cual su joven amado le gritaba sin cesar "Ve a Kassos. Allí nos reencontraremos, mi amor". Paulina, se despertó entre sudores, y exclamó:- Kassos.
Feisa, que descansaba con ella en la misma tienda, le dijo en un susurro:
- Allí te dirigirás, pues.
La mañana siguiente Paulina se preparó para partir: la travesía sería dura; tardaría cuatro días y cuatro noches en llegar a la primera ciudad habitada, luego debería trasladarse a la ciudad de Ismaelilla, donde un joven bereber, que residió en esta localidad compartiendo con toda la población el arte de la curación mediante plantas, le entregaría un dromedario para que se pudiera dirigir al puerto mas próximo y desde allí, dirigirse en barca a la Isla de Kassos.
Entre lágrimas, se despidió Paulina, y antes de marcharse habló así a quienes serían para siempre su familia:
- Nunca, nunca olvidaré todo lo que habéis hecho por mí. Gracias, gracias.
Escuchó, mientras se alejaba, cómo se apagaban los cánticos de despedida que aquel pueblo le dedicaba. Pensaba que por fin podría asentarse en otro lugar y buscar a su bello amado, pues en el poblado no tenía ni la mínima oportunidad de encontrarse ni con un mísero mercader que pudiera siquiera informarla de cuál era la situación en su ciudad.Tal y como le habían indicado, llegó a la población de Ismaelilla. Cuando se situó bajo la puerta principal y tocó a la campana, dos guardias la agarraron sin preguntarle de dónde procedía, y la llevaron, a pesar de la resistencia que trató de oponer, a la sala que esta al lado de la puerta, donde la atacaron con miles de preguntas a la vez. Paulina pensó en explicarles la verdad, pero supo al instante que no serviría de mucho, y optó por inventar:
- Vengo a visitar a un pariente que vive en la ciudad. Su nombre es Abdu.
- Imposible -la interrumpió uno de los guardias-. Tú no eres bereber, así que hasta que encontremos a Abdu y nos confirme que te conoce, estarás en el calabozo.
El joven no estaba informado de que Paulina iba a ir a visitarle, y no dudó en admitir que no conocía a ninguna extranjera, pero bajo la insistencia de los guardias aceptó acompañarles y verla con sus propios ojos. Cuando llegó ante Paulina, miró fijamente y negó:
-No la conozco.
-Eres una embaucadora- la acusó un guardia a gritos-. Nos querías engañar con tus tretas... ¿Qué quieres, extranjera?
La muchacha, desesperada, esperó al momento oportuno para enseñar la piedra preciosa a Abdu sin ser descubierta por los guardias, y él comprendió de inmediato que ella había tenido relación con su tribu. Entonces rectificó su testimonio, dijo que ella era la hija de un anciano de la tribu, y les demostró la veracidad de sus palabras comparando los conocimientos que él poseía de medicina con los de la joven.
- Indudablemente -cedieron al fin- esta joven pertenece a la tribu de Abdu. Vamos a dejarla libre, pero deberá marcharse al amanecer. Los dos jóvenes se alejaron juntos, y Paulina agradeció que la hubiera sacado de allí. Abdu le preparó un morral y el animal que debería llevar consigo para el viaje. Al alba, la bella Paulina comenzó de nuevo su viaje hasta llegar a un puerto, y desde allí continuó en barca para llegar por fin a Kassos.
Y así, la niña, jugando con uno de sus numerosos rizos dorados, terminó el relato sonriendo, mientras que las mujeres presentes se quedaban maravilladas con tal hermosa narración. No sabían si era por el timbre de su voz, o por aquella cara angelical que les narraba el relato, que todas parecían flotar mientras aún percibían el olor de las plantas naturales que rodearan a Paulina. La niña corrió junto a su madre, quien le devolvía la sonrisa de complicidad, al igual que las dos ancianas a las que había mirado con anterioridad.
Hubo un largo silencio que sólo fue interrumpido por el ruido constante de la anciana más voluminosa de la ciudad. Tal era ese silencio incómodo, que al percatarse de las miradas y sabiendo que ya era hora de seguir relatando lo demás, se levantó con dificultad para intentar explicar las dificultades y las sorpresas que sufrirían todos sin más.

Texto: Jessica, Rafa, Celeste
Modificaciones: Irene, Carmen Juan Romero, Celeste