Después de una larga narración y toda la pasión que le había puesto nuestra anciana, era el momento de un breve descanso para dicho oráculo que se refugiaba en el calor que desprendían esas enormes hogueras. Pero entre ellas había una mujer, la más joven de todas, que no le quitaba ojo a aquellas llamas que avivaban a la vez su corazón. Había escuchado atentamente el relato de su compañera y compartía el dolor que su antepasada había sufrido por un apasionado amor. Estaba nerviosa, triste y asustadiza por intentar entrar en aquel círculo de ancianas tan memorable, y poder tener el privilegio de acompañarlas en aquella noche nublada. Su mirada vagó y se posó en aquella niña pequeña, atenta y entusiasmada con el relato de sus mayores, que no dejaba de sonreír ni por un instante.
Su sonrisa frágil y tranquilizadora, le dio las fuerzas que le faltaban para levantarse, y con su voz temblorosa, dirigirse a la anciana más memorable del grupo para que le diera permiso de proseguir con el relato.
- Mirad ancianas, tenemos a una joven valiente entre nosotras. ¿Estás segura de poder seguir contando la historia, con la fuerza y la valentía que se requiere? Una vez empieces con la historia, no habrá vuelta atrás, y todas las miradas se posaran en ti.
Un poco tímida, un poco cohibida...un poco no sé, pero asintió poco a poco mientras tragaba saliva, sin saber muy bien si había hecho lo correcto, o era más fácil sentarse y dejar que una nueva anciana experta, y engrandecida contara la continuación de aquellos hechos. Pero volvió a mirar aquella niña, y recordó como un día siendo pequeña se había prometido poder contar la historia, participar en ella, ser ella.
Y así levantando la cabeza y con los ojos puestos en las llamas de la hoguera, prosiguió con el relato de nuestro bello Amaranto mientras las palabras fluían de su boca, como si necesitaran ser oídas o escuchadas.

Una vez en el mar a salvo de sus raptores, Amaranto sabía que tenía que recuperarse y buscar ayuda para salvar a Paulina. Como no le quedaba nada debido a la aventura que habían iniciado, decidió irse a casa de su gran amigo Anastasio. La llegada fue bien recibida en casa de su anfitrión, el cual le daba la bienvenida y todo su apoyo para salvar a Paulina.
Los d
ías pasaron lentamente para Amaranto, que se encontraba encerrado sin saberle dar un sentido a su vida. Aunque no encontraba esa tranquilidad anterior dentro de la casa, se llevaba muy bien con Hebe, ya que era mucho más amable con él que con Anastasio. Por eso éste, aprovechaba las salidas al prado con las ovejas para quejarse de su situación, pero Amaranto nunca le escuchaba ya que se sentía preocupado, triste y sobre todo, culpable.
Mientras iban avanzando los d
ías, poco a poco empezó a darse cuenta de que Berenice transmitía mucho más de lo que Anastasio podía percibir. Sentía una conexión con ella extraña ya que entre ambos, había miradas de complicidad, sonrisas de rubor, y unos corazones grandes que rebosaban de amor. La verdad era que Amaranto se iba sintiendo confundido, porque cada día que pasaba en aquella casa encontraba una razón más para quedarse en ella. Pero cierto era que Paulina ocupaba una gran parte de su cabeza, porque sabía que tenía algo pendiente con ella ya que necesitaba salvarla de sus raptores donde la había dejado sola y abandonada.
Tenía la percepción que habían pasado semanas desde que estaba en la casa de Anastasio, junto a la compa
ñía de Berenice y se sentía Amaranto casi totalmente recuperado. Pero cuanto más crecía su amistad hacia Berenice, más pensaba en la pobre Paulina que estaría pasando penurias por su culpa, mientras él se estaba fijando en otra persona. Puede ser que fuera por esos días largos o por esas noches de remordimiento, pero Amaranto tuvo un sueño que a su vez lo consideró como una premonición. Era una de esas noches frías, en las que el aire rozaba toda su piel y se metía por todo su cuerpo.
Sintió el frío justo antes de rendirse al sueño, y supo entonces que sería una noche difícil. Se resistió a cerrar los ojos, intentó mantenerse despierto pensando en Berenice: la luz dorada del crepúsculo anterior resbalando sobre las ondas de su cabello, el tintineo de su risa limpia como las aguas de un arroyo frío. La mujer de su amigo era extremadamente hermosa, y quizá eso, sumado al imparable ajetreo de las últimas semanas, le llevaba a dejarse absorber por el verde hipnótico de sus ojos. Quiso creer, de nuevo, que no se trataba sino de una simple admiración de la obvia belleza que poseía, y al fin el cansancio se posó en sus párpados, hundiéndole en un profundo e inquietante sueño.

Distingui
ó a lo lejos una figura esbelta, conocida, y sin embargo desmejorada por los golpes y la lluvia. La ropa rasgada y sucia se le pegaba a la piel, tenía el rostro empapado por las lágrimas, un horrible corte cruzándole la mejilla. Paulina gritaba, gritaba con todas sus fuerzas, con toda su ira, desgarrando el silencio que les rodeaba. Un par de hombres la sujetaban de brazos y piernas, ella forcejeaba furiosa durante largo rato para rendirse al fin de puro agotamiento. Vio cómo la abandonaban en aquella habitación oscura durante días, sin apenas alimento ni aire fresco que respirar. Cómo la llevaban a rastras al mercado, exhibiéndola como un objeto roto. Cómo la regalaban a un joven caprichoso y cómo éste la utilizaba para saciar su sed. Vio cómo, tras haber soportado toda clase de penurias, aceptaba la muerte como único modo de escapar.
Amaranto se revolv
ía en su lecho, agitado. Murmuraba palabras incomprensibles, golpeaba el aire con las manos abiertas. Paulina, mirándole con los ojos vacíos de vida, le dijo: “Todo esto es culpa tuya. He sufrido, me han apaleado, violentado. Me han matado de hambre y de frío, me han vendido como a una simple esclava. Me han matado. Y mientras, tú has vuelto a casa, sano y salvo, y piensas en las telas que ciñen la piel de mi prima y compañera. Escapaste y me abandonaste a mi suerte, fuiste tan cobarde que no has vuelto a buscarme. ¿Acaso, habiéndote quedado sin negocio, ya no significo nada para ti? Todo esto es culpa tuya. Culpa tuya”.
Amaranto abrió los ojos sabiendo que no podría conciliar el sueño. El sudor le caía por la frente, y seguía teniendo las manos temblorosas después del sueño que había tenido. ¿Qué había hecho? Era la pregunta que se repetía constantemente en ese momento. Sabía que era la hora de hacer algo, no podía quedarse más tiempo junto a Berenice por muy bien que se sintiera junto a su compañía, le debía algo a Paulina, se lo debía a él mismo, porque en esos instantes Paulina estaba sufriendo por su cobardía, lo necesitaba y en el fondo, sabía que él también a ella.
Estaba decidido a ir en su busca, y sabiendo que lo m
ás probable era que intentaran venderla en algún puerto cercano, empezó a moverse para encontrar provisiones y algún barco pequeño con el cual poder ir a buscarla. Llegaba un nuevo amanecer, otra nueva aventura sin Paulina, pero con la esperanza de que le llevara junto a ella. Con algunos hombres que había conseguido reclutar, provisiones y con un barco empezó su camino en busca de la chica que estaría a punto de ser vendida como esclava. Su primera aventura le llevó a la costa oriental, exactamente a la isla conocida como Tiros, en la cual se encontró con 2 puertos en los que buscar. Amaranto estaba perdido en aquellas tierras y por más que preguntara a los Tirios nadie le contestaba exactamente lo que él quería oír. Aunque se hallaba en el primer puerto (sidonio) y nadie le sabía decir nada, no perdía la esperanza de encontrar noticias suyas, por pocas que fueran, en el siguiente puerto de la ciudad. Así pues, dieron rumbo hacia el puerto egipcio a ver si allí encontraban mayor fortuna. Al poco tiempo de buscarla, se dieron cuenta de que Tiros era una ciudad fuertemente fortificada en el mar, y que los piratas no habrían osado venderla como esclava en esa isla fenicia.

Al ver que no había rastro de Paulina en Tiro, fue el momento de encaminarse rumbo a Nisyros. Dicha isla, a lo largo de sus días había albergado a numerosos comerciantes por el encanto de sus aldeas. En total eran 4 aldeas en donde podría encontrar señales de por dónde buscarla, pero la que le interesaba a nuestro amigo Amaranto era la capital, Mandraki que a su vez era el puerto principal en donde posiblemente podría encontrar a la joven. Aunque pronto, la desilusión cayó sobre él, cuando se dio cuenta de que tampoco había señales de Paulina en aquella isla. Vagó durante toda la noche, sin saber dónde dirigirse o si volver a casa con sus amigos. Y cuando ya toda esperanza había sido casi aniquilada, empezó a escuchar el suave tintineo de una llamada. Había oído mencionar, a un aldeano de la isla, que a veces se escuchaba hablar al mar cuando alguien más lo necesitaba, pero siempre había pensado que eran historias viejas y sin sentido. Ahora se daba cuenta de que el suave tintineo era una dulce voz, que le hablaba y le susurraba dónde encontraría a Paulina. Y así, volviendo rápido al barco y despertando a los hombres, puso rumbo a una nueva isla, donde sabía que allí la encontraría.
Amaranto r
ápido como el rayo se dirigió a Andros, una de las islas más concurridas, con los ojos llenos de orgullo y el corazón fuerte de esperanza. No podía evitar pensar, mientras se iba acercando a la isla, en como reaccionaria Paulina al verlo, pero también en Berenice aunque no supiera el porqué. Había escuchado hablar de los habitantes de Andros, y sabía que eran personas muy valientes y luchadoras, pero que había ciertos mercenarios sin escrúpulos dispuestos a lo que fuese por obtener un buen botín. Pero viendo que tenían unas condiciones climáticas favorables en la navegación, llegaron pronto a la isla y Amaranto se dispuso a buscar a Paulina. Aún no había llegado el mediodía, cuando Amaranto encontró a Paulina encadenada y maltratada en una vieja jaula. No tardaría mucho en ser vendida como esclava, y entendía que la única manera de poder sacarla con vida o de salir los dos airosos de la isla, era comprándola. Amaranto debía de tener mucho cuidado con los piratas porque podrían reconocerle, pero juntó todo el dinero que traía consigo, para poder devolverle su libertad.
No se hab
ía percatado hasta el momento, de la mirada penetrante de un mercader fenicio. Y es que Paulina, aunque estaba muy maltratada y mal alimentada, dejaba ver en su rostro y en su figura que era una mujer muy hermosa, ya que su belleza no se había dañado con las desgracias de los días pasados. Así pues, Amaranto se vio absorbido por unas ganas inmensas de salvar a Paulina, pero era consciente de que llevaba muy poco dinero y que el mercader, conseguiría llevársela consigo a donde quisiera.

El mercader se acercó rápidamente a los piratas, aunque fascinado por los hermosos rasgos de la muchacha, no pudo evitar ver al joven que también la miraba con interés y una mezcla de valor y miedo en la mirada. No podía dejar que ese joven sucio y con aspecto de haber recorrido el mundo un par de veces con la misma ropa se llevara a una joven tan hermosa como la esclava. Se presentó como Blas y acto seguido ofreció una gran suma por ella, pero la avaricia de los piratas era tanta que les pareció muy poco su ofrecimiento. El mercader, obsesionado y cabezota, continuó ofreciendo dinero hasta que llevaban tanto tiempo negociando y era tan grande la suma, que los piratas no pudieron negarse, y terminaron aceptándola de buen grado.
No se había percatado de la trayectoría que había llevado mientras contaba la historia, ni de que todos los presentes le habían prestado atención, y que la anciana más memorable, le sonreía de una manera especial en señal de gratitud. Había ido mejor de lo que siempre habría podido imaginar, y sabía que había sido gracias al entusiasmo y la alegría que le había devuelto esa pequeña joven. Intentó buscarla con la mirada pero no la encontraba, y era porque sin darse cuenta había terminado su relato a su lado. Mientras miraba a las ancianas, como mascaban queso o bebían de ese rico vino parecido al de los piratas, sin pensarlo dos veces se sentó al lado de la joven y sonriéndole, la tomó de la mano para acercarla al círculo de ancianas. Y al haber un largo murmullo de gente que no entendía lo que pasaba, en medio del círculo se paró y dirigiéndose de nuevo a la joven le dijo:
- Es bien sabido que una mente joven, puede llegar a contar una bella historia como la nuestra, con mayor entusiasmo y pasión que una mente vieja. Porque nosotras, deseosas de contarla como cada año, no podemos olvidar que un día fuimos como ella, y quisimos contar lo que siempre habíamos empezado a imaginar. Por eso te pregunto yo a ti, ¿eres capaz de hacernos vivir sus aventuras con sólo unas palabras?

Texto: Celeste, Carmen Juan Romero
Modificaciones: Irene, Celeste