Se iba percibiendo en el horizonte como iba faltando poco para la salida de los primeros rayos del sol, y por eso toda la multitud sabía que pronto estaría por llegar, el fin de esta bella historia de amor. Era el turno de la anciana más esperada de todas: la anciana memorable, que con su porte y su honor les infundía a todos valor. Los rumores de su historia y su familia eran largos, por eso todos esperaban que fuera ella quien continuara con este relato hasta el final.
Los murmullos cesaron y el silencio invadió toda la estancia para dar lugar a unos pasos, que se acercaban firmes desde donde habían contemplado hasta el momento, todo el relato. Todos se fijaron en la figura firme, esbelta y soñadora, que avanzaba con esos rasgos de seriedad y conformidad. Sabía que todo el mundo estaba esperando a que llegara ese momento, que todos esperaban su relato, y después de haber escuchado atentamente la historia de su antepasada, supo que terminaría la historia con un punto personal, como nunca nadie la hubo escuchado hasta el momento. Así fue como contemplando a ese horizonte que se avecinaba, continuo con el fin de nuestra bella historia de amor.
Paulina dejó su peso en el quicio de la puerta mientras contemplaba el ajetreo de la ciudad. Cuando llegó, le pareció un sitio inhóspito y bullicioso para vivir, acostumbrada como estaba a la vida en la isla, pero después de los últimos acontecimientos, decidió asentarse aunque fuera sólo por un tiempo. Por lo menos podría vivir tranquila en algún sitio sin tener que vagar por desiertos ni preocuparse por la persecución de los piratas.

Volvió a la realidad cuando se dio cuenta de que una anciana le hacía señas desde lejos. Levantó la mano y sonrió, respondiendo a su saludo. La había reconocido al instante: era la vieja Sibila, una señora que apenas podía caminar cuando la conoció debido a sus dolores de espalda. Paulina se apiadó de ella y le recomendó uno de los remedios que aprendió con la tribu del desierto y Sibila, en agradecimiento, la cobijó en su pequeña casa. Gracias a la anciana había conseguido todo lo que tenía ahora, si ella no la hubiera recomendado a todos sus conocidos, su fama de curandera no se hubiera extendido y ella no tendría ahora ni su casa ni su negocio.

Al principio, la gente iba a la casa de Sibila en busca de la gran curandera extranjera y se sorprendían de encontrar una mujer tan joven y hermosa; muchos insistían en pagarle grandes sumas por sus dones pero ella se negaba y solo aceptaba pequeñas ofrendas que daba a Sibila en agradecimiento por su hospitalidad. La buena señora compartió con ella las viandas que les ofrecían y guardaba las monedas que les daban, de modo que cuando la cantidad fue suficiente, se las dio a Paulina.

-Ten, esto es tuyo.

-Sibila no puedo aceptarlo, me has dado cobijo en tu propia casa y has permitido que entre toda la ciudad en ella para que yo les pudiera atender.

- Todos tienen derecho a que cures sus dolencias, los designios que te llevaron al desierto para que aprendieras no pueden caer en saco roto, tienes que compartir tu don. Por eso he guardado estas monedas para ti, esta casa es muy pequeña y cada vez viene más gente a pedirte consejos para sus males físicos. Compra una casita más grande, donde puedas vivir tranquila sin el estorbo de esta pobre vieja y donde tengas espacio para atender a toda la gente que viene de muy lejos para que les cures.

Sin darse cuenta, Paulina recordaba esto acariciando el marco de la puerta. Cuánta razón tenía Sibila al decirle esto…de haber seguido en su casa, no hubiera podido hacer frente a la cantidad de personas que llegaban cada día pidiéndole remedios, muchos de los cuales tenían que quedarse en su casa hasta reponerse por completo. Le debía a Sibila todo lo que tenía.

- Paulina, la señora Tarsila dijo que podrías ir a la caída del sol, ya debe estar esperándote- la sobresaltó Alina, una joven que admiraba a la curandera y la ayudaba con los clientes mientras aprendía el oficio.

- Cierto, volveré en seguida- contestó Paulina mientras recogía los ungüentos que creía que le harían falta.


Amaranto observaba la barca que le había permitido llegar a este nuevo lugar. Ni siquiera había puesto atención al rumbo de la pequeña balsa, sólo se había dejado llevar por las corrientes. No sabía dónde se encontraba pero en realidad no le importaba, sólo necesitaba encontrar un lugar donde pudiera pasar la noche.
Un hombre un poco mayor que él le observaba desde hacía bastante rato, así que Amaranto se acercó a él para tratar de averiguar dónde se encontraba y cerciorarse de la hospitalidad de la gente.

- Mi nombre es Amaranto, he venido hasta aquí arrastrado por una búsqueda ciega, mi esposa fue raptada por unos piratas y desde hace mucho tiempo viajo confiando en los dioses para encontrarla, puesto que no han dejado rastro de su paso por ningún lugar conocido.
- Bienvenido pues a la isla de Kassos, Amaranto. Mi nombre es Licario y mi casa está a tu disposición el tiempo que permanezcas en esta isla, siempre que colabores en mi trabajo. Dentro de una semana tengo que entregar gran cantidad de leña en el otro extremo de la isla, pero mi hermano se ha puesto enfermo y seré incapaz de terminar de cortarla y cargarla hasta allí yo solo.
- Me alegra comprobar que los viajeros son bien recibidos en la isla Licario, y debo agradecerte el gesto. Pero no creo que yo pueda ayudarte puesto que, en mi duro periplo en pos de mi amada, sufrí graves heridas en este hombro y apenas tengo fuerza en el brazo. Espero que encuentres otro hombre que pueda ayudarte a transportar la carga y, ruego me indiques si existe en la isla algún tipo de dependencias seguras donde puedan pernoctar los recién llegados.

Licario quedó pensativo mirando la figura del joven. Parecía fuerte, pero ciertamente apoyaba más peso en una pierna y encogía el hombro que decía tener herido. En ese instante tuvo una gran idea.
- Te propongo un trato, joven viajante. Podrás hospedarte en mi casa esta noche y mañana te acompañaré a la casa de una curandera cuya fama ha salido incluso de nuestra pequeña isla, en menos de lo que piensas tu hombro estará sano y podrás pagar tu estancia ayudándome con mi trabajo. ¿Estás de acuerdo?
- Mis heridas son graves, Licario. No dudo de tu palabra ni de la capacidad de la curandera, pero quizá tu plazo sea demasiado corto como para que yo pueda ayudarte.

Licario rió de buena gana.
- ¡Heridas más graves ha curado en menos tiempo! Entra a mi hacienda, mi mujer preparará la cena y un lecho para ti. No he oído decir que ningún barco pirata haya pasado por aquí, así que me temo que no encontrarás a tu esposa durante tu estancia, pero al menos solucionarás tu lesión y quizá así te sea más fácil encontrarla cuando continúes la búsqueda.
Amaranto, agradecido, entró en la casa y compartió la cena con aquel matrimonio. Tras las noches dormidas en el barco, encontró una auténtica nube por jergón y despertó pensando que le esperaba un gran día.
Licario le indicó la dirección hacia la casa de la curandera y él siguió sus indicaciones con premura. Dudó cuando se acercó lo suficiente como para ver a la mujer. Era demasiado joven, no podía ser ella quien abarcara semejante fama. Ella levantó la cabeza y le miró.

- Buenos días, soy Alina, la aprendiz. Ahora mismo, la curandera ha salido, pero no tardará. ¿Qué le pasa?
Amaranto vaciló, pero decidió finalmente que era mejor esperar dentro.
- Hace tiempo tuve una lesión en este hombro y, aunque ahora no me duele, apenas tengo fuerza en este brazo. Un hombre llamado Licario me dijo que aquí podríais curarme, estoy hospedándome en su casa a cambio de un trabajo que aún no puedo realizar y…
- Veamos- interrumpió Alina, levantándose del muro donde estaba sentada y comenzando a moverle el brazo.- Galeras, ¿cierto?- murmuró.
- Cierto – admitió Amaranto un poco incómodo.
- Si quiere esperarla no hay problema, pero ya hemos tenido casos como este y sé cómo tratarlo. Si sigue mis consejos se recuperará en dos días, tres como mucho.
- De acuerdo.

Alina comenzó a frotarle el hombro con un tónico mientras explicaba las propiedades del mismo y su origen. Amaranto no podía concentrarse en lo que la joven le decía, por el intenso olor que desprendía el frasco, y de la misma forma, su hombro, empezaba a marearle. Tras un pequeño espacio de tiempo comenzó a sentir un hormigueo en el hombro. Se sorprendió. Hacía mucho tiempo que no tenía sensibilidad.
Alina captó su expresión de sorpresa y comenzó a reír. Después condujo a Amaranto a una estancia contigua, repleta de agua de mar en diversos jarrones, y comenzó a explicarle las ventajas de nadar en agua salada para fortalecer el hombro de nuevo. Una voz la llamó desde fuera.
-¿Alina?
- Un segundo, espere aquí- dijo Alina antes de salir del cuarto.
- ¿Tenemos algún paciente?
- Sí, lesión de galeras otra vez, está casi listo. Le he dicho que venga mañana y según cómo se encuentre, un día más. Y que nade en el mar.
- Bien, la señora Tarsila ya está bien del todo. Anoche volví intranquila porque parecía que no surtía efecto; pero esta mañana está perfecta. Voy a recoger un par de hierbas del jardín, esta tarde tendremos que elaborar algunos ungüentos que se han acabado. Sigue con el galeote.
Amaranto no identificaba la voz de la mujer. A lo largo de tanto tiempo viajando, las voces acababan por confundírsele en el cerebro, como si su oído las reconociera pero su mente no. Dejó de prestar atención a los murmullos y se centró en las formas de las decenas de tinajas de aquella habitación.
Alina volvió y le apremió a volver al día siguiente. – Verás cómo incluso notas la mejoría esta noche- le dijo. Y Amaranto se encaminó hacia la salida.
Ya tenía un pie fuera de la casa cuando, a través de un manto de hierbas de diferentes alturas, vio una figura que conocía perfectamente y se maldijo a sí mismo por no haber identificado antes aquella voz.



Paulina se giró a recoger una de las hierbas que crecía en la parte más cercana a la casa y vio a contraluz un hombre parado, inmóvil, mirándola. Se encaminó hacia la casa para averiguar si era el galeote que quería una segunda opinión o si era alguien que había entrado preguntando por ella. Cuando entró en la habitación apenas veía por la diferencia lumínica, pero no pudo evitar reconocer la silueta de Amaranto en aquel hombre que empezaba a parecer de mármol.
No había tiempo en el que se pudieran contar lo que habían vivido por separado. Los dos permanecieron inmóviles hasta que Alina entró canturreando y dejó caer el cesto que llevaba en las manos. Esa escena sólo podía significar que...
Amaranto despertó de repente y corrió a abrazarla. ¡Por fin la había encontrado!
El transcurso de los días cambió para ambos. Amaranto se recuperó y ayudó a Licario en el trabajo que le había prometido, mientras tanto, Paulina delegó muchos pacientes a Alina, para encontrar huecos en los que pudieran ponerse al día de los hechos ocurridos durante tanto tiempo. A partir de ahí, ambos recordaron lo que habían dejado atrás, a la vieja Hebe que, quién sabe si seguiría viva, a la hermosa Berenice, al prudente Anastasio y todas las gentes de una isla que apenas se habían molestado en recordar.

- Deberíamos volver- comentó Amaranto un día.
- Alina no está preparada para quedarse sola al frente del negocio y mucha gente de aquí necesita de nuestros cuidados.
- Pero podríamos hacer al menos una visita, ¿no crees? Sólo para que Hebe y los demás sepan que estás bien; nadie sabe nada de ti desde hace muchísimo…ni de mí desde que salí a buscarte. Cuando sepan que vivimos aquí incluso ellos podrán venir a visitarnos de vez en cuando.

Paulina lo meditó durante bastante tiempo antes de decidirse. Tenía muchísimas ganas de volver a casa, pero se sentía en deuda con tanta gente de Kassos…y había muchos enfermos que dependían de ella.
- De acuerdo- contestó al fin- instruiré a Alina de forma que pueda hacer frente a cualquier caso que ocurra en nuestra ausencia y cuando esté lista, iremos a visitar la isla para que sepan que todo va bien, quizá incluso pueda restablecer del todo la salud de Anastasio si es que aún tiene secuelas del naufragio.

TEXTO: Irene, Celeste
Modificaciones: Irene, Celeste
Correccines: Sara