En el círculo del oráculo, después de la narración de la nueva anciana, hubo un largo silencio que sólo era interrumpido por el mascar de las viejas. Así pues, se utilizó como un buen recurso para coger aliento y poder seguir con esta bella narración de la historia. Cada vez que se sentaba una anciana, el círculo se sentía más ansioso de continuar con el relato, pero todas esperaban que surgiera de entre las asistentes aquella voz que relataba la continuación de esta bella historia como si lo hubiera vivido en persona.

Y así fue como la pequeña figura, canosa y desdentada, se levantó de entre la multitud asistente para sorber un poco de vino mientras se le iluminaban los ojos al imaginar todo lo que en aquella noche oscura y silenciosa iba a tener que narrar. En este momento empezó a describir cómo Amaranto y Paulina iniciaron su aventura, y como decidieron irse a la ciudad de Tiro a vender sus provisiones. Al salir de allí, los piratas, como sabían que volvían con dinero y eso les interesaba mucho, aguardaron a que se alejaran un poco de la costa, y así evitar que alguien les pudiera prestar ayuda mientras ellos se encargaban de secuestrarlos, con el fin de poderles robar todo el dinero de la venta que ellos dos habían conseguido.

Nuestros dos valientes aventureros estaban tan ilusionados por todo el dinero que habían conseguido en la venta de sus provisiones que sólo pensaban en aquella magnífica vida juntos que habían empezado a crear y que les llenaría los bolsillos y las manos de riquezas. Al estar cantando y bailando de la felicidad que les rodeaba en aquellos momentos, no se dieron cuenta que a bordo iban subiendo cada vez más tripulantes. Aunque no habían pasado ni unos minutos de esa triunfal venta, ya estaban siendo prisioneros de unos atemorizantes piratas. Éstos, al ver tal extraordinaria recompensa del botín obtenido, decidieron que era el momento de atar en la bodega a los prisioneros con el fin de que nadie pudiera verlos, y así esperar los primeros rayos de luna, bebiendo su amado vino. Viendo Amaranto que todos estaban arriba bebiendo, decidió probar fortuna y consiguió liberarse de sus cuerdas, acto seguido intentó hacer lo mismo con Paulina.
En un primer momento, empezó el bullicio y Amaranto estuvo mucho más alerta. Se empezaron a oír ruidos, reproches y gritos desde la cubierta del barco. Pero mientras intentaba soltar a Paulina, se dio cuenta de que estaban a punto de bajar los piratas a por ellos, y es ahí donde vio que ella seguía estando prisionera. Amaranto, nervioso, decidió salir y subir para lanzarse por la cubierta mientras se lamentaba pensando que Paulina se había quedado sola a merced de sus raptores.

Una cálida ráfaga de aire fresco, recorrió todo el círculo de ancianas, mientras recordaban las últimas palabras de la vieja anciana que se recostaba para calmar el dolor de su espalda. Todas las miradas iban dirigidas a aquella mujer, que se ocultaba en su asiento mientras se frotaba las manos rápidamente. Una nostálgica mirada, asomaba entre sus grandes ojos marrones, que recordaban aquellas tristes penurias que tuvo que pasar Paulina. Tomando una bocanada de ese aire fresco que entraba en el círculo de las viejas ancianas, y después de ese último carraspeo para tener su buena voz, se volvió a levantar y prosiguió con el relato, en el cual se encontraba la pobre muchacha.

Paulina se sentía traicionada por su amado Amaranto, ya que la había dejado a manos de los piratas, cuando verdaderamente podría haberse quedado junto a ella, y así, en un despiste de los piratas, poder huir los dos juntos. Aunque estaba asustada porque no sabía qué iban a hacer con ella, ni a dónde la iban a llevar, no podía dejar de pensar ni un solo instante en Amaranto, ya que aunque la hubiera abandonado a su suerte, aun así tenía miedo por él, porque si no conseguía salvarse, eso quería decir que no la salvaría a ella y por consiguiente que no lo volvería a ver nunca más. La verdad estaba muy lejos de todos esos pensamientos, puesto que a partir de ahora, la vida de Paulina cambiaria continuamente y la luz que un día iluminaba esos enormes ojos, se iría apagando hasta que encontrara de nuevo la libertad. Ella no sabía en ese momento hasta qué punto el amor se construía al calor de esas dudas; cuando se sentía enferma por ser maliciosa con Amaranto, no sabía aún que era en esos momentos cuando más le amaba. El sentimiento de reproche se fundía con las ganas de que él apareciera en cualquier momento, como si surgiera una llama de un puñado de ceniza. La anciana, en su atalaya de los años, hubiera querido decirle esto, haberla cogido de las manos y haberlas apretado fuerte, transmitiéndole algo de su madurez y algo de su sabiduría; pero sabía que lo único que podía ayudarla era continuar con el relato.

Aunque hubieran muchos botines que conquistar, los piratas no dejaban de maltratar a Paulina, porque su compañero había desaparecido y era el único que podía delatarlos. Así pues, empezaron a descargar toda su ira y su mala conducta en hacer del bello cuerpo de Paulina una batalla de cicatrices. Por eso al acabar el día, a la pobre Paulina le dolía todo el cuerpo, y le entraba una melancolía al sentirse inútil, por estar atada y no poder defenderse de sus agresores. Como ya se había escapado un prisionero no la dejaban a solas, por temor a que lo intentara, y ese era el motivo por el que estaban con ella a cada instante. Pero aun así, era bien sabido que la mayor debilidad de los piratas, era su amado vino, por eso no perdía la esperanza de que la dejaran a solas para beber otra vez hasta perder el sentido. Aunque sus fuerzas no eran las mismas después de tantas palizas, y su esperanza cada vez se iba agotando, cuando un buen día se despertó, y no escuchó los gritos de los piratas bebidos, supo que era el momento para intentar huir. Pero toda su ilusión empezó a desvanecerse cuando a punto de liberarse, los piratas irrumpieron en la estancia y al comprender lo que pretendía hacer, su castigo fue mayor que todos los maltratos recibidos anteriormente.

Como los piratas eran conscientes de que se les había escapado un prisionero y no querían terminar encerrados en la prisión, decidieron marcharse del puerto, y así cuando llegase Amaranto con ayuda para salvar a su compañera Paulina, el barco, sus tripulantes y sobre todo su prisionera ya no estarían allí. Al cabo de unos días, cuando todo el trajín hubo pasado, decidieron vender a Paulina.

Texto: Jessica, Celeste
Modificado: Irene, Jordi, Celeste, Carmen Juan Romero