Cada vez hacía más frío en ese círculo del oráculo, donde todas esperaban el inicio de la historia contada desde otros labios arrugados y ancianos. A lo lejos se podía percibir las ondulaciones de un pelo largo y sedoso, camuflado con la suave luz de la oscuridad, pero que se azotaba al compás del viento que hasta les hacía estremecerse a los curiosos del lugar. Al lado de esta anciana de cabellos largos, había una pequeña anciana que pasaba inadvertida, pero que todas la tenían en consideración por la voz angelical en la que narraba la historia. Sin timidez alguna, se levantó con un golpecito de su bastón, y se encaminó hacia el círculo para ser escuchada por todos los presentes. Y, dejando su bastón en el suelo y apoyándose con un poco de dificultad, empezó a narrar la historia de nuestros queridos protagonistas.

Después de lo sucedido, Berenice se encargaba de hacer los honores a los Dioses, ocupación que no la alejaba en exceso del hogar, de modo que podría cuidar de Hebe, su vieja tía, y de Anastasio, quien sufría una convalecencia que le impedía, por el momento, hacer grandes movimientos.
Empezaron a buscar un hogar en el que pudieran estar todos juntos, pero mientras tanto seguían sus vidas, a veces placentera pero casi siempre monótona y Anastasio empezó a pescar acompañado de los otros hombres de la isla ocupando así su tiempo en pequeñas tareas productivas que no le suponían grandes esfuerzos.
Mientras, Berenice pasaba los días interminables sin gozo, ni alegría, porque la anciana, nada le decía, pasaban horas juntas, sin haber palabras entre ellas, ni roce ni casi estima. ¡Qué desdicha tener alguien a tu lado sin vínculo alguno que les anude!, pero la peor desdicha que sufrían, es que no sentían ninguna de ellas, nada en su corazones respecto a la otra, ya que el tiempo en esos momentos era el peor enemigo de ellas, porque les encadenaba a pasar horas juntas, muchas más de las que ellas hubieran deseado nunca en sus vidas.
Otro día más, otra rutina igual, pensaba Berenice. Hebe intenta ayudarme, pero me resulta costoso entablar conversación con ella….cada día lo intento, cada día lo echo más de menos.
La anciana, muchas veces le reclamaba que porqué ella estaba tan apagada, que parecía no tener ninguna ilusión, que de qué se quejaba, si tenía una casa maravillosa y todo cuánto ella quería. Todo humano desearía vivir como ellos vivían, la tranquilidad les acompañaba, no había luchas ni conflictos en aquella casa que para Berenice, ya le pesaba como su propia cárcel, con un único aliento, la vuelta de Anastasio que no regresaba hasta que el sol se escondía.
Y, por otro lado, Anastasio pensaba en sus ovejas y en Berenice, pero sobre todo en la irritación que le producía esa vieja sorda. Berenice está ahora cuidando de ella (conversaba consigo mismo), cómo me irrita, aunque tengo que complacerla por no discutir más. Creo que por eso salgo tanto con las ovejas, me gusta estar solo, pensando, porque así me siento libre, aunque me gustaría estar más a solas con Berenice…mi Berenice.
Los días pasaban, pero no había prácticamente cambios, era el día a día, como el sol sale diariamente, sin tener que pedir permiso a nadie y porque es el universo el que establece donde tienes que estar y qué debes hacer, aunque ello suponga tu dolor y tu melancolía.
Pero la pareja, en su interior, fuera de sus ideas y pensamientos, creían que algo nuevo les sucedería, porque era la lucha, el respiro, su único aliento, el poderse ver, aunque fuera poco tiempo. Pero, ese mínimo lapso, era el que les estaba empujando a seguir sus rutinas, el tiempo de su corazón que poco a poco se abría. Berenice sabía que no era la distancia lo que la separaba de Anastasio, ni tampoco una falta de sentimiento; ella culpaba a la anciana que, día a día, resultaba ser el muro que separaba la casa y las personas que en ella vivían.
Pero, cierto día, la anciana se despertó como si hubiera alguien encima de ella, no podía respirar y estaba sudorosa. El corazón le palpitaba, de hecho, había tenido un sueño que, al parecer era un presagio o por lo menos, Hebe lo había interpretado así: en el sueño se le apareció Afrodita, visión que en un principio parecía hermosa y divina, sobre todo ante la belleza de la Diosa; sin embargo, la situación empezó a cambiar, cuando Afrodita comenzó a reclamarle que actuase sobre Berenice para ser su consejera, amiga y confidente, ya que a la anciana le quedaba poco tiempo de vida y era de la única manera que Afrodita podría alargar su vida; si ella, en cambio, no cumplía esa misión, su vida sería corta y ya le quedaría poco para ver la luz de cada día.

Texto: Celeste, Begoña
Modificaciones: Jessica, irene, Celeste
Correcciones: Sara